viernes, 30 de mayo de 2014

Ali's Pretty Little Lies - Capítulo 34: Se Busca: Alison DiLaurentis


Traducido por: Daniela
Corregido por: Brayan.

            La mañana siguiente, la verdadera Alison DiLaurentis vio el sol salir entre las persianas de maple en su antiguo dormitorio. Bandas de luz iluminaban el tocador que había rogado a su mamá para que se lo compre en quinto grado, las manijas de cristal azul en su armario, y los cajones de la cómoda, la delgada capa de polvo en el monitor de pantalla plana y la tv. Esta habitación incluso olía igual, como a jabón de manos de vainilla. Se sentía como su hogar.
            Por fin.
            El aroma a café destilándose en la cocina entró por sus fosas nasales. Cuando miró por sobre el enrejado, su familia ya estaba despierta. El Sr. Y la Sra. DiLaurentis estaban sentados en la mesa de la cocina, mirándose entre sí adormecidos. Jason paseaba por el pasillo, parecía preocupado.
            Sólo un miembro de la familia faltaba, aunque Ali ciertamente no la extrañaría.
            Se miró a sí misma en el espejo. Sus ojos siempre habían sido más azules que los de su hermana, sus mejillas en su cara con forma de corazón más pronunciadas. Era la gemela más bella, la correcta abeja reina de Rosewood Day. Ahora era tiempo de reclamarle su trono a esa perra. Solo pensar en ella, imaginarse su cara, aún llenaba a Ali con rabia. Cómo se atrevió a salir en sexto grado y pretender que era alguien quien no era. Cómo se atrevió a aparecerse en la Reserva durante esas visitas y mirar su perfecta manicura o mensajear a sus amigas mientras sus padres trataban de crear conversaciones. Esa perra se merecía todo lo que recibió. Y ahora Ali nunca tendría que volver a preocuparse por ella.
            Bajó las escaleras, con la cabeza en alto. Pero cuando entró a la cocina, su familia la miró y empalideció como si hubieran visto un fantasma. La Sra. DiLaurentis dio un paso al frente y le tocó el brazo. – Creo que deberías volver a subir, Courtney.
            Ali se detuvo bruscamente. – Ya te dije. No soy Courtney. Soy Ali.
            Sus padres intercambiaron una mirada de preocupación. Una delgada franja de miedo comenzó a hacerse camino en el cerebro de Ali. Ella conocía esa mirada. Va a volver a ocurrir.
            Y ahora su otra hija estaba perdida.
            La noche anterior, cuando volvió a casa, Ali no había esperado que su padre esté despierto—o que su madre esté en casa—pero aún pensaba que hoy lo sacaría adelante. Ambos la pillaron mientras subía las escaleras y gritaron su nombre—su verdadero nombre.
            - Hola mamá, hola papá,  - dijo frescamente, quedándose en las sombras para que no vean su cabello desordenado o el moretón en su mejilla. – La pijamada fue un desastre. Nos peleamos. Me voy a la cama.
            Llegó a su antiguo dormitorio y cerró la puerta. Una vez al interior, se restregó las manos y se cepilló el cabello. Su cerebro se había agitado, tratando de pensar en sobre qué se habían peleado ella y sus amigas. Parecía que su hermana estaba tratando de hipnotizarlas o algo, ¿cierto? Pero Spencer no estaba de acuerdo. Y entonces sus hermana y Spencer se pusieron a  pelear estúpidamente por Ian Thomas afuera del granero—Ali lo escuchó todo.
            Luego sonó un golpe en su puerta.
            Saltó y les dio a sus padres, quienes estaban de pie nerviosos en el pasillo, una sonrisa retorcida. Sus miradas se dirigieron al dedo índice de Ali, el cual, por supuesto, no tenía su anillo de la inicial. Luego miraron su muñeca. Estaba desnuda; nada de brazalete de hilo de Lo de Jenna. Mierda.
            - ¿Courtney? – La Sra. DiLaurentis preguntó dudosamente. - ¿Cariño, estabas afuera?
            - No soy Courtney,  - Ali dijo frunciendo el ceño. – Soy Ali. ¿Ves? Por eso no quería que la traigan a casa. Es tan confuso.
            Trató de cerrar la puerta, pero el Sr. DiLaurentis puso su mano en la manija antes de que lo logre. – Esta no es tu habitación, Courtney, - dijo con autoridad.
            Y tú no eres mi papá, Ali quiso decir.
            - Sí, lo es, - dijo en su lugar, y luego le miró. – Y por favor no me llamen Courtney. Es insultante.
            La Sra. DiLaurentis parecía confundida. - ¿Estabas tratando de juntarte con tu hermana y sus amigas? ¿Fuiste al granero de Spencer?
            Ali se encogió de hombros. – Sí, estuve en el granero de Spencer—Soy Ali. Pero la pijamada fue un asco. Nos peleamos, y todas nos fuimos a casa. Ya te lo dije.
            La Sra. DiLaurentis parpadeó con fuerza. - ¿Entonces ya no hay nadie en el granero?
            - Claro. Se fueron a casa.
            Luciendo como que no le creía tanto, la Sra. DiLaurentis caminó rápidamente hasta la ventana del baño, la cual ofrecía una vista hacia los patios traseros. Ali ya sabía que las ventanas del granero estaban oscuras. Segundos después, su mamá volvió al cuarto de Ali. - ¿Dónde está tu hermana?
            - ¿Courtney? – Ali la miró inocentemente. – No tengo idea. ¿No está en su cuarto?
            La Sra. DiLaurentis asomó su cabeza en el oscuro cuarto de huéspedes, luego negó con la cabeza.
            Ali abrió más sus ojos. - ¿Se escapó? ¿No la estabas vigilando? ¡Es lo único que te pedí que hicieras! – Hizo que su voz suba y baje, del mismo modo en que su hermana lo hacía cuando se enojó con su madre cuando se enteró de que Ali había conocido a sus amigas.
            Rendida, la Sra. DiLaurentis pasó sus manos por su cabello – Lo averiguaremos. – Tocó el brazo de su hija. – Buenas noches…Ali. – El sonido salió de manera extraña por su boca, como si nunca lo hubiera dicho en su vida.
            - Buenas noches, - dijo Ali, sacando pijamas del cajón superior. A su hermana el gustaban los boxers rosados de Victoria’s Secret—qué patético. Pero obedientemente se los puso, sintiendo una avalancha de triunfo. Puede que sus padres hayan estado un poco confundidos al comienzo, pero se lo compraron al final. Iba a dormir en su antiguo cuarto. .
            Pero esta mañana, con sus padres mirándola y llamándola Courtney, la duda trepó hasta su mente. Quizás su pánico había parecido muy actuado. Quizás había tomado un par de pijamas que su hermana nunca hubiera escogido. Quizás se habían quedado pensando en ese anillo con la letra A faltante. Y ella los había oído en el primer piso hasta altas horas de la noche, paseando, murmurando al teléfono, abriendo la puerta frontal y cerrándola otra vez. Los oyó moviéndose por allí a la media noche, y luego a las dos, y luego a las cuatro, y luego a las cinco y media. Puede que no hayan dormido para nada.
            - Sube, ¿está bien? – La paciencia de la Sra. DiLaurentis se estaba acabando. – Spencer y las otras chicas vendrán pronto. Me gustaría hacerles preguntas sin explicar nada.
            Ali aceleró su respiración como si estuviera asustada. - ¿Entonces Courtney se fue? ¿Ves? ¡Por esto es por lo que no la quería de vuelta! Ella es una loca total, mamá. Por eso es que la encerraron. ¡Quién sabe lo que va a hacer ahora! ¿Y si trata de hacerme daño?
            La Sra. DiLaurentis miró lastimeramente al su marido. El Sr. DiLaurentis la miró impotentemente. Se dio vuelta hacia Ali. – Sólo sube hasta que aclaremos todo esto.
            Suspirando dramáticamente, Ali subió las escaleras, tratando de aguantar. Pero una vez en su antiguo dormitorio, se dejó caer de rodillas, su mente tamborileaba. ¿Por qué no estaba funcionando esto? ¿Por qué no le creían? Necesitaba una coartada impenetrable. Si esas chicas iban a venir, probablemente iban a preguntarle a dónde fue la noche anterior, y cuándo. Probablemente habían unos veinte minutos sin explicación—sus padres le preguntarían dónde estuvo. Hablando por teléfono, podría decir. Caminando, desahogándose.
            Pero se suponía que simplemente le creyeran. No se suponía que la hicieran a un lado o interroguen a esas chicas sin ella presente.
            El timbre sonó. La puerta se abrió, y los sonidos de las voces de la Sra. DiLaurentis y de las chicas se oyeron en el recibidor. Hubieron pasos, y luego el raspar de las sillas siendo arrastradas para que todos se sienten. Ali salió de su cuarto y se escurrió hasta el fondo de las escaleras. Las cuatro chicas estaban sentadas en la misa, mirando sus manos. Todas estaban tranquilas, como si estuvieran ocultando algo. Emily se picaba las cutículas. Spencer hacía sonar sus dedos contra la mesa. Aria inspeccionaba un sujetador de servilletas con forma de piñón, y Hanna masticaba vorazmente una goma de mascar.
            - Alison no ha venido a casa, - La Sra. DiLaurentis dijo.
            Todas las chicas levantaron la mirada, sorprendidas. Ali puso una mano sobre su boca junto a las escaleras. ¿Cómo es que esto estaba ocurriendo?
            - Ahora, yo no sé si ustedes tuvieron una pelea o qué, pero ¿les dio alguna pista de a dónde puede haber ido? – La Sra. DiLaurentis continuó.
            Hanna daba vueltas un mechón de cabello alrededor de su oreja. – Yo creo que esta con sus amigas de hockey sobre pasto.
            La Sra. DiLaurentis negó con la cabeza. – No. Ya las llamé. – Aclaró su garanta. - ¿Alguna vez Ali les habló sobre alguien molestándola?
            Las chicas se miraron entre sí, y luego a otro lado. – Nadie lo haría, - Emily dijo. – Todos adoran a Ali.
            - ¿Alguna vez les pareció triste? – La Sra. DiLaurentis presionó.
            Spencer arrugó la nariz. - ¿Como deprimida? No. – Pero entonces una mirada afligida pasó por su rostro. Miró inconscientemente por la ventana.
            - ¿No sabrían dónde está su diario de vida,  sí? – La Sra. DiLaurentis preguntó. – Lo he buscado por todos lados, pero no puedo encontrarlo.
            - Yo sé cómo se ve, - Hanna ofreció. - ¿Quiere que subamos y lo busquemos?
            Alison subió la mitad de las escaleras, imaginándose el diario en su cabeza. Ella sabía dónde estaba—en un sitio muy, muy seguro. Pero no iba a decirlo.
            - No, no, está bien así, - La Sra. DiLaurentis respondió.
            - En serio. – Hanna echó para atrás su silla. Hubo pasos en el pasillo. – No es problema.
            - Hanna, - la mamá de Ali dijo, su voz de repente se puso fría y severa. – Dije que no.
            Hubo una pausa. Ali deseaba poder ver las miradas en las caras de todos, pero su vista estaba obstruida. – Está bien, - Hanna dijo tranquilamente. – Lo siento.
            Después de un rato, las chicas se fueron. La Sra. DiLaurentis cerró la puerta tras ellas y se quedó de pie en el pasillo por un momento, simplemente mirando. Ali se agachó tras la pared en el segundo piso, apenas respirando. Tenía que pensar—y rápido. Necesitaba convencer a todos de que era la verdadera Ali.
            Corrió a la ventana de su antiguo dormitorio y miró a las amigas de su hermana de pie en círculo en el jardín. Parecían preocupadas, quizás incluso culpables—especialmente Spencer. Emily se puso a llorar. Hanna se devoró nerviosamente un puñado de Cheez-It’s. Parecía que estaban discutiendo, pero Ali no estaba segura. ¿Debería salir y hablarles? Quizás podría decirles la verdad—que habían gemelas, que la otra chica era una loca impostora de Ali, que había salido anoche pero sus padres estaban confundidos y pensaron que las chicas habían intercambiado lugares. Necesitaba que esas perras estúpidas convencieran al mundo, tal como su hermana las usó un año y medio atrás.
            Comenzó a bajar las escaleras, pero de repente hubo un gruñido ensordecedor en el patio trasero, era la excavadora. Se dirigió hacia el agujero, sus enormes neumáticos arruinando el pasto.
            - Justo lo que necesitamos ahora, - La Sra. DiLaurentis se quejó. – Esa cosa es tan ruidosa  que apenas me puedo escuchar mis pensamientos.
            - ¿Quieres que les diga que se detengan? – El Sr. DiLaurentis preguntó.
            Las palabras se propagaron en Ali. Un horrible pensamiento hizo eco en su cerebro. Sus padres no podían salir. ¿Y si veían a su hermana al fondo de ese agujero? Había tirado un montón de tierra sobre ella, pero estaba oscuro—quizás no había sido suficiente.
            Fue corriendo hacia la ventana en el baño y miró hacia afuera. Había hombres de pie alrededor del agujero, posicionando un conducto que conectaba desde un camión de cemento hasta un punto al interior. Nadie miró abajo al agujero. No hubo gritos de terror o pasos hacia atrás de sorpresa. Ali pensó otra vez en los puñados de tierra que le había tirado al cuerpo, luego en la persona que la ayudó. Estaba agradecida de que su cómplice haya aparecido, tal como había pedido. Por unas semanas, no había estado segura de sí iba a ocurrir.
            La mezcladora comenzó a girar. Cemento gris bajó por el conducto hacia el agujero, llenándolo lentamente. Los hombres estaban de pie a su alrededor, fumando cigarrillos. Uno de ellos dijo un chiste, y unos cuantos otros rieron. Ali siguió esperando que se volteen hacia el agujero y de repente griten de terror, pero nadie lo hizo. La mezcladora daba vueltas y vueltas. El fangoso cemento bajaba por el conducto. Ali evaluó sus sentimientos, pero no sabía lo que sentía. Alivio, un poco. Pero también preocupación.
            Alguien golpeó la puerta del baño, que estaba junta. La Sra. DiLaurentis estaba de pie en el pasillo, jugando con el borde de su remera. – Tienes que decirnos lo que sabes, cariño, - rogó, con los ojos llenos de lágrimas.
            Ali se encogió de hombros. - ¿Por qué creerías que yo sabría algo?
            La Sra. DiLaurentis parpadeó. Ali miró hacia abajo, tratando de mantenerse en calma, y alcanzó el celular de su hermana, el cual había encontrado en el césped anoche. Pero luego escuchó la mezcladora apagarse. Estaba acabado. El agujero estaba lleno. Su hermana estaba enterrada. Ida. Acabada.
            Sus dedos comenzaron a temblar incontrolablemente.

Metió sus manos bajo sus muslos. Luego pilló un vistazo de su expresión de terror en el espejo. Cuando miró hacia arriba, la boca de la Sra. DiLaurentis estaba abierta. Toda la sangre se había drenado de su cara. En un instante, Ali supo que ella supo.
           
La Sra. DiLaurentis juntó sus labios. – Empaca. Ahora.
            Ali parpadeó. - ¿Por qué?
            La Sra. DiLaurentis se dio vuelta hacia las escaleras. - ¿Kenneth? – chilló. – Kenneth, te necesito.
            El Sr. DiLaurentis subió rápidamente las escaleras. La Sra. DiLaurentis se dio vuelta y apuntó temblorosamente a Ali. – Cariño, ella… Alison… ella… - y luego se puso a llorar.
            El Sr. DiLaurentis se dirigió a Ali como si hubiera planeado esa movida por horas. Antes de que Ali supiera lo que estaba ocurriendo, la habían encerrado al interior del cuarto de huéspedes y cerrado el cerrojo desde afuera. - ¿Qué diablos? – Ali chilló. - ¿Qué sucede? ¿Por qué ustedes dos actúan como locos?
            Podía oír sus voces en el pasillo, murmullos bajos. Hizo algo. No sé qué, pero algo horrible ha ocurrido. Tenemos que sacarla de aquí.
            La columna de Ali se estremeció. ¿Sacarla de aquí? No se referían a…La Reserva ¿O sí? Pero no podían. De ningún modo. El corazón de Ali comenzó a latir con fuerza con sólo pensarlo Había pasado dieciocho tortuosos meses en ese lugar. Horas al interior de ese cuarto oscuro. Días encerada en su cabeza, tan drogada por esas enfermeras indiferentes. Y los doctores, oh, los doctores, eran aún peor. Crueles. Negligentes. Olvidaban su nombre. Olvidaban su situación. Cuando dijo, con lágrimas, Soy Ali, soy Ali, la miraron como si no fuera nada más que un número, un caso de estudio.
            Momentos después, cuando sus padres volvieron a entrar al cuarto, la Sra. DiLaurentis levantó la maleta del piso y comenzó a meter remeras y ropa interior adentro. – Mamá, - Ali dijo temblorosamente. – No sé lo que estás haciendo, pero—
            - No hables, - La Sra. DiLaurentis la interrumpió. Su marido estaba al teléfono. Luego de un momento, una voz respondió tan ruidosamente que Ali pudo oírla por el receptor. – Buenos días, La Reserva en Addison-Stevens, ¿en qué puedo ayudarle?
            Lágrimas de miedo bajaron por los ojos de Ali. Trató de tomar el teléfono de la mano de su padre, pero él se alejó. - ¡No pueden enviarme de vuelta allí! – gritó. - ¡No hice nada!
            La Sra. DiLaurentis puso sus manos contra los hombros de Ali con una fuerza sorprendente, empujando a Ali de vuelta a la cama. – Deja de mentir, - le advirtió, sus ojos llenos de lágrimas. - ¡Sólo deja de mentir!
            Ali gritó y trató de bajarse del colchón, pero entonces el Sr. DiLaurentis apareció y la tomó de la cintura. Sus pies daban patadas mientras ellos la arrastraban por las escaleras. Gritaba tan ruidosamente que estaba segura de que los trabajadores en la parte de atrás vendrían corriendo, pero nadie lo hizo.
            - ¡Ustedes no entienden! – gimió a sus padres. - ¡Soy Ali!
            Pero no escucharon. Pilló vistazos de cosas mientras la arrastraron al auto: la escritura caligráfica del diploma de séptimo grado de su hermana en la isla de la cocina, el bastón de hockey sobre pasto de su hermana colocado en el rincón del cuarto de lavado, la mezcladora dando vueltas en el patio. El cielo estaba tan perfectamente azul, el pasto tan prístinamente podado.
            - ¡Soy Ali! – aulló otra vez en el garaje, una súplica desesperada a los Cavanaughs, los Vanderwaals, incluso los Hastings. Pero nadie vino a recatarla. Su padre la metió en el asiento trasero, y su cabeza golpeó la ventana opuesta con fuerza. Trató de salir por la puerta otra vez, pero sus padres ya se habían metido al auto y puesto seguro para niños en las puertas. Luego el motor rugió. Luego fueron en reversa. La visión de Ali estaba borrosa con lágrimas ahora. Su garganta dolía de gritar. Miró por la ventana a las impasibles casas por toda la calle. A nadie le importaba ella. Odiaba a todos en esa estúpida calle.
            Y así, se fueron. – No entienden, yo soy Ali, - repitió unas cuantas veces más, pero cuando salieron de la salida de autos, se dio cuenta de que era inútil. Ellos  no le creían. Le había salido el tiro por la culata. Ella nunca, jamás volvería a ser Alison DiLaurentis.
            Y peor, de algún modo habían averiguado lo que había hecho. Quizás pensaban que estaban siendo generosos. Podrían haber llamado a la policía, podrían haberla encerrado en la cárcel.
            Pero no le parecía generoso a ella. Ella habría preferido estar en la cárcel. Al menos habría tenido un juicio. Al menos habría tenido de vuelta su nombre.
La cara del Sr. DiLaurentis estaba manchada mientras él maniobraba hacia la derecha y comenzó a salir por la calle. Aturdida, Ali giró su cuello hacia el costado y miró cómo el camión de cemento finalizaba el agujero, nivelándolo con el resto del terreno. Ella está enterrada por siempre. Las palabras de su hermana daban vueltas en su cabeza: Yo sólo quiero una hermana otra vez. Eso es todo lo que siempre he querido. La había detenido, al menos por un momento. Pasaron la casa de los Hastings. Spencer estaba de pie en el pórtico, mirando con preocupación el terreno—quizás había oído los llamados de Ali. – Baja, - El Sr. DiLaurentis ladró, bruscamente empujando la cabeza de Ali hasta el fondo del auto justo cuando Spencer notó el auto.
            Luego de pasar, Ali se sentó levantada otra vez y miró la espalda de Spencer. Ella era la hermana de Ali también. Excepto que todo lo que Ali sentía por ella era odio. Cuando lo pensabas bien, todo esto era culpa de Spencer—y de Aria, Emily, y Hanna. Ellas habían sido las que interceptaron a su hermana en el patio ese día hace un año y medio. Ellas eran las que facilitaron el ascenso de Courtney en el reino de Ali. Una nueva tanda de odio recorrió su cuerpo. Ya no era su hermana con quien estaba enojada. Era con ellas.
            El Sr. DiLaurentis puso su la intermitente en la esquina. La Sra. DiLaurentis dejó escapar una aspiración atormentada cuando giraron hacia la calle principal, dejando su quieta, feliz, pequeña calle atrás. Ali miró por la ventana trasera, preguntándose si alguna vez la volvería a ver. Lo haría, decidió. Encontraría un modo de volver aquí, para limpiar su nombre. Y una vez que lo hiciera, obtendría su venganza—de verdad esta vez. Haría que esas perras paguen. Les haría desear nunca haber sido amigas de Alison DiLaurentis en primer lugar. No sabía cómo, y no sabía cuándo, pero al menos tenía a una persona con quien podía contar para hacerlo. Juntos, iban a hacer que sucediera.
            Incluso si la mataba.
Capítulo 33

7 comentarios:

  1. Porfavor podrias dejar un link de descarga

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  2. Pobre Courtney :( y malditos padres de Ali no saben identificar a sus hijas :(

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  3. Quien ayudo a ali a matar a la falsa ali?

    Yo creo que fue aria o ian

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  4. Gracias por la traducción!! Me encantó!! Ahora mismo continúo Deadly ��

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  5. Maldita alison como no pudo tener compasión por su hermana.
    Podre ali... Bueno ahora se que no era tan mala. Hubiera sido bueno sus amigas supieran esto desde antes tal vez la hubieran ayudad. Después de todo era su ali.

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